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¿Qué Estamos Leyendo?

¿Qué estamos leyendo? 

En esta sección, los profesores de la facultad reseñan algunas de sus lecturas recientes, para compartir sus intereses investigativos y literarios

 

Opiniones de un payaso- Heinrich Böll

Este libro llegó a mí por recomendación de un amigo, y lo leí sin prejuicios ni segundas intenciones (ni siquiera tenía noticia previa del autor, a pesar de que éste fue ganador del premio Nobel en 1972).  El texto, sin dejar de ser de alto nivel intelectual, es de lectura ligera y amena. Más que presentar un relato, se trata de un cuadro impresionista de la vida interior del personaje principal, Hans Schnier, un payaso ateo que ha sido abandonado por su mujer, en la Alemania inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial. Desde su posición como marginado, como satirista apolítico, Schnier critica el fariseísmo, la mojigatería y la autocomplacencia de la sociedad de su tiempo, que claramente ha escatimado la tarea de rendirse cuentas a sí misma tras el nazismo. Este aspecto del libro, un tema consistente a lo largo de la novela, me parece bien logrado, pero quizás ha perdido con los años la relevancia que sin duda tendría en el año de su publicación (1963). En cambio, me llegó al corazón el retrato de las relaciones familiares de Schnier, en el que se hace patente la profunda soledad que se puede vivir en el seno de una familia. También hay reflexiones interesantes sobre el peso simbólico y emocional que tiene el dinero y su circulación (Schnier se ha quedado sin dinero, y busca la ayuda económica de familiares y conocidos). La calidad literaria del texto es evidente en sus caracterizaciones, sus diálogos, y sobre todo su capacidad para producir cierto pathos, cierto ambiente que, por decirlo de alguna manera, rima con los días fríos y lluviosos.

Germán Bula

El nacimiento de la biopolítica- Michel Foucault

Tres razones diferentes me movieron a leer este libro de Foucault, que consiste en la transcripción del curso que dio, con el mismo título, en el College de France entre 1978 y 1979. La primera, el seminario que estoy dictando este semestre sobre Filosofía Política de Derechas, toda vez que considero que el neoliberalismo se ajusta a esta descripción; la segunda, una ponencia que estoy preparando sobre el golpe de estado en Chile de 1973 al que siguió una dictadura ajustada a los lineamientos de la llamada Escuela de Chicago; por último, tras participar en un coloquio en la ciudad de Tunja en el que se discutió mucho a Foucault, quedé con ganas de explorar ciertas dimensiones de este pensador que no conocía. 

Creo que hay que leer a Foucault como historiador: en este caso, rastrea el pensamiento neoliberal a sus orígenes en el siglo XVIII y los fisiócratas, y llega hasta el anarcoliberealismo estadounidense tras un largo paso por el ordoliberalismo alemán, que resulta esclarecedor. Me interesó particularmente su rastreo de la idea de “mercado” como ente de razón e instancia de verdad: cómo, de un momento a otro, se tomaron en serio y como realidades tangibles abstracciones como “el verdadero precio de la mercancía” o “el dictamen del mercado”. En mi propio pensamiento, he llegado a pensar que la figura que mejor describe nuestro tiempo es la del sacrificio a Moloch: quemamos a nuestros niños en sacrificio a sublimes abstracciones como el Producto Intero Bruto o la Confianza Inversionista (vale la pena aclarar que soy yo, no Foucault, quien introduce juicios de valor mamertizantes; la exposición de Foucault es limpia y neutra). 

Al mismo tiempo, el trabajo de Foucault tiene algo de profético. Es notable la forma preclara en que Foucault anticipa la empresarización de la vida personal como un elemento central del neoliberalismo que hoy es imperante, y que apenas asomaba el rostro en el momento en que dio el curso. Es notable la capacidad que tiene para dar con ejemplos e instancias dicientes: por ejemplo, el análisis que hacen los anarcoliberales Estadounidenses de la vida matrimonial como si fuera una transacción económica. En su unidimensionalidad y crudo utilitarismo, me pareció algo conmovedor, sobre todo en cuanto hombre felizmente casado. Creo que aquí hay un cierto signo de los tiempos: del reduccionismo teórico que elimina del análisis ciertos aspectos elevados e intangibles de la vida humana, se da una transición a un empobrecimiento real.

Como lector, no me gusta de Foucault el hecho de que va muy despacio, de que se detiene puntillosamente en los detalles históricos, cuando uno quisiera que saltara rápidamente al concepto general y esclarecedor que se sugiere en sus análisis. Entiendo que esto, para un historiador, es una virtud. Pero en términos de leer por diversión (y para mí esto es importante), hay pasajes que se ponen pesados. 

Germán Bula